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Transformaciones postconfinamiento: ¿Y ahora qué?

Javier Segura del Pozo

Médico salubrista del Ayuntamiento de Madrid


Las personas

La pandemia y el confinamiento ha supuesto que ha parado el mundo productivo y que el protagonista principal ha sido el mundo reproductivo, es decir, el mundo de los cuidados. La pandemia y el confinamiento nos ha hecho a las personas más conscientes de:

1. Nuestra vulnerabilidad. Los que somos sesentones, que creíamos que los 60 eran “los nuevos 50”, nos ha puesto ante el espejo de la fragilidad de nuestra esperanza de vida, así como la necesidad de buscar una rápida alternativa al modelo de residencias de mayores.

2. Nuestra interdependencia. Somos dependientes para los cuidados que nos podemos proporcionar entre los allegados (también del descuido, como la violencia de género), las vecinas o las profesionales. También somos conscientes de nuestra dependencia económica para el acceso a bienes básicos, incluyendo nuestra dependencia de las cadenas de producción y distribución de alimentos o de la necesidad de una mayor autonomía estatal en la producción de material sanitario esencial (EPIS; ventiladores mecánicos, pruebas PCR etc.), incluída la ventaja de tener una industria pública de estos productos estratégicos en caso de pandemias.

3. El valor de la proximidad: tener un vecindario bien dotado de infraestructuras, zonas verdes, carriles bicis, aceras, pero también de solidaridad vecinal. El modelo de “La ciudad de los 15 minutos” de la alcaldía de Paris.

4. El valor del espacio público, como bien que compensa las diferencias de calidad de las viviendas (espacio privado). Igual que la sanidad y la educación pública beneficia especialmente a los que tienen menos acceso a la sanidad y educación privadas, la calle, el parque y la plaza son especialmente apreciados para quien tiene viviendas poco confortables. La inequidad en la vivienda se ha hecho especialmente visible en el confinamiento. También hemos vuelto a ver el espacio público como el espacio de las relaciones comunitarias. La limitación de su acceso ha dificultado las acciones de los grupos vecinales de apoyo mutuo.

5. Los pros y contras del teletrabajo. Por una parte, es un privilegio (hay una gradación social de su práctica, según un estudio del ayuntamiento de Madrid). También ha sido un descubrimiento (se puede hacer desde casa casi las mismas cosas que desde la oficina), pero también es un riesgo de mayor explotación, especialmente para las mujeres (doble jornada en el mismo escenario y horario)

6. El valor de los trabajadores esenciales pero precarizados (cajeras y reponedoras de supermercados, limpiadoras, riders, agricultores/recolectores, transportistas, cuidadoras de personas mayores y discapacitadas, etc.)

7.  El valor de la sanidad pública y de los servicios públicos en general (incluyendo la educación publica volcada en la teledocencia y preocupada por la brecha digital, o los servicios sociales). Fortalecerlos y no desmovilizarlos.

8.  La importancia de las Redes comunitarias: debemos exigir servicios públicos fuertes, pero tenemos que estar preparados para la autoorganización de la ciudadanía, por si el estado nos deja tirados, pues lo Común no es necesariamente sinónimo de lo Público.

9.  Que en caso de amenazas, afloran tanto las pulsiones más individualistas, autoritarias (el policía de balcón), xenófobas, sectarias y demagogas, como las más solidarias, altruistas, propias de la ética del cuidado.

10.  La inacabable, creciente e insoportable polarización de la vida política, con la imposibilidad de un dialogo argumentado y la forja de consensos; el poder ir más allá de las burbujas tribales informativas y de opinión. Las dos Españas machadianas.

11.  Carpe diem. Otro sentido del tiempo. Tiempo para reposar, reflexionar, hablar con los familiares y amigos. Tiempo que vuela. Hemos vivido al día, dándole menos importancia el mañana, posponer el disfrute al mañana, todo puede irse a tomar por saco: la vida, el trabajo, las relaciones, los planes. Centrarnos en cuidar lo importante.