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La crisis ¿una oportunidad para la promoción de la salud?

Profesor asociado de salud pública de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPF) y responsable de la Oficina del Plan interdepartamental de Salud Pública del Departamento de Salud, Generalitat de Catalunya

 

Ante la crisis hay quien no únicamente considera injustos los recortes de los presupuestos de los servicios sanitarios, sino que exige que no se apliquen, pero también hay quien se resigna ante la intensa limitación de los recursos. Dos reacciones extremas que no parecen muy útiles.

Que no haya ni un solo recorre no sólo no es factible sino que incluso alguno pueden resultar positivo. Respetando al máximo, eso sí, todo aquello que es saludable. Por esto estaría bien prescindir de aquellas actividades sanitarias que no aportan nada a la salud de la población y que incluso pueden dañarnos. Y que no se entienda esto como una justificación, porqué somos muchos los que hace años denunciamos la inconveniencia del consumo sanitario inapropiado. Y no únicamente por motivos económicos, sino – básicamente- por razones sanitarias, como la prevención de los efectos adversos de las intervenciones médicas y sanitarias , que ya son un problema principal de salud pública.

Resignarse y no reaccionar ante los recortes que ponen en peligro la salud de las personas y, sobre todo, la salud de los más necesitados, sería una indecencia. Sin olvidar que ,en parte,  la salud de la población depende de muchos otros factores que los sanitarios y que las capas más desprotegidas son las que también sufren más limitaciones educativas, de vivienda, de las pensiones, etc. Políticas estas que desde la perspectiva de la promoción y la protección de la salud a veces pueden ser prioritarias ante las directamente asistenciales.

En tiempos de crisis es fácil percibir como una pérdida la suspensión de una actividad, ni que sea tan poco eficiente y tan poco equitativa como algunas de las que se llevan a cabo en el sistema sanitario. Y las pérdidas no gustan a nadie. Pero la verdad es que, cuando no había crisis, ni los gestores, ni buena parte de los profesionales, ni tampoco la mayoría de los usuarios, se pusieron manos a la obra, a pesar de que muchos reconocían el problema de la hiperfrecuentación (con unas 10 consultas y más de 20 recetas por habitante y año) y de las casi tres mil toneladas de medicamentos – envases y fármacos- que se tiran a los contenedores habilitados para la misma industria farmacéutica para preservar el entorno.

Las crisis nos ponen entre la espada y la pared y nos fuerzan a tomar decisiones. Son, como todos los trances, un estímulo para cambiar las cosas; el ideograma chino para la crisis es el mismo que para oportunidad que, como es obvio, no garantiza que salgamos inmunes de ella, ya que dependerá de lo que hagamos y como lo hagamos.

La contribución desde el sistema sanitario no ha de limitarse a dejar de hacer aquello que no es suficientemente pertinente, eficiente o equitativo, sino que también implica desarrollar el compromiso con la población para mejorar la salud comunitaria, objetivo para el cual la atención primaria y la salud pública deberían colaborar estrechamente.

Hora es de apostar decididamente por la reordenación sanitaria que, ahora hace casi treinta años, nos pedía la primera conferencia mundial de promoción de la salud en Ottawa, y en lugar de desarrollar aún más la dimensión medicalizadora de la prevención clínica, acentuar la perspectiva de la prevención comunitaria, con el objetivo  de que los ciudadanos asumamos la responsabilidad y el control de los determinantes de nuestra propia salud, trabajando para lograr un entorno, una ciudad y una sociedad más saludables.