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El impacto de la ‘guerra civil europea’ en la figura del escritor-periodista (1914-1945)

Presentación

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Grupo de Literatura Contemporánea, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

Investigador principal: Xavier Pla

Universitat de Girona
Fac. de Lletres
Pl. Ferrater Mora, 1
17071- Girona

ilcc@udg.edu

Proyecto financiado por

 

Presentación

Más allá de su interés historiográfico, social y político evidentes, el estallido de la primera Guerra Mundial, de la que en 2014 se conmemoró el centenario en toda Europa, conllevó un gran cambio para la figura de los escritores-periodistas. Los periódicos, en tanto que plataformas culturales y políticas, pero también el mundo de la prensa en general y hasta los mismos textos publicados por los periodistas, sufrieron profundos cambios y evolucionaron rápidamente ante las nuevas demandas de los lectores de la época. Lo que hasta inicios del siglo veinte era tan sólo información distanciada, aportación objetiva y fría de datos exteriores, mera relación casi telegráfica de unos hechos reales que ocurrían en la lejanía del hogar de los lectores, dejó pasó a la interpretación creativa, a la veracidad personalizada, al uso de la primera persona por parte de testimonios oculares fidedignos, que aportaban al lector no tan sólo información de primera mano sino también recreación, a base de diferentes técnicas narrativas, de hechos vividos, sentidos, sufridos y, finalmente, contados.

Abrir las páginas de un periódico español anterior al estallido del conflicto bélico europeo y compararlo con otro publicado durante o inmediatamente después de la guerra es una lección histórica, literaria, narrativa y textual. Los textos sobre la guerra mundial van a aparecer ya para siempre firmados por sus autores (Gaziel, Chaves Nogales, Ametlla, Pla, Camba, etc.) y no por las asépticas agencias telegráficas internacionales. Precisamente, uno de los principales efectos periodísticos de la guerra es el desarrollo de las grandes agencias de información (Havas, Reuter, Roma, etc.), que, al mismo momento que organizaban y coordinaban la propaganda ideológica y patriótica de los dos bandos, ayudaban, gracias a los nuevos métodos de transmisión de las noticias, a la transformación y a la modernización del discurso periodístico.  Así apareció, por ejemplo, un nuevo oficio especializado: el corresponsal de guerra, es decir, aquel escritor-periodista que va a contar a sus lectores el desarrollo de la guerra desde el frente bélico, codo a codo, en la misma trinchera, con los soldados. Y va a intentar satisfacer las demandas de  próxima realidad, de captación “en bruto” de la realidad de la guerra, más que desarrollar las ambiciosas intepretaciones del análisis de la política internacional. Los géneros literarios y las tipologías textuales se diversificaron y se multiplicaron. A partir de 1914, la primera página del periódico destaca por el uso generalizado de la primera persona, que permite una variedad genérica que va desde la crónica periodística al reportaje de investigación, desde el dietario de guerra hasta el libro de viajes, desde el recuerdo personal hasta la descripción de impresiones subjetivas, desde el retrato biográfico o la entrevista a los mismos protagonistas de la guerra hasta la pura propaganda ideológica o patriótica.

En toda la Europa en guerra, pero también en la Cataluña y España neutrales, el estallido bélico significó el fin de una era y la entrada definitiva en la modernidad política. Para Eugenio d’Ors, la primera Guerra Mundial significó “la violenta irrupción de la Historia en la Cultura” (prólogo a Gualba, la de mil veus, 1915). Divididos ideológicamente por el conflicto bélico, los escritores españoles, especialmente en Cataluña, vivieron con gran aspereza las tensiones entre los aliádofilos y los germanófilos. El mismo Ors intentó superar esta división entre dos bandos, asegurando que la Guerra Mundial era, en realidad, una guerra civil entre europeos, y utilizó todas sus plataformas periodísticas e intelectuales para intentar convencer a la intelectualidad de su tiempo de la necesidad de una “unión moral europea”. No lo consiguió, y los hechos históricos y políticos acaecidos en el continente europeo en los años posteriores acarrearon una división ideológica todavía mayor entre los intelectuales, división de la que los periódicos fueron testimonios no mudos precisamente sino abundantemente locuaces. Después de la primera Gran Guerra, el papel de los intelectuales, especialmente de aquellos que escribían en los periódicos, no pudo ya desgajarse de los conflictos históricos colectivos. 

La revolución rusa, el fascismo italiano, los extremismos ideológicos de los años treinta, la guerra civil española, la segunda Guerra Mundial y los campos de concentración constituyen, en realidad, una continuación histórica, sino una profundización, de este amplio concepto de “guerra civil europea”. La emergencia de la sociedad de masas, el ágil proceso de tránsito a lo que ha convenido en denominarse brutalización de la política y la importancia de las culturas de guerra así como las perspectivas revisionistas que, más allá de Ernst Nolte [Der europäische Bürgerkrieg 1917 – 1945, Ullstein, 1987], abundan en la idea de una larga confrontación civil europea en la que la herencia democrática se vería obligada a posicionarse en torno a antimonias que en otros momentos le hubiesen sido ajenas –fascismo (antifascismo), bolchevismo (anticomunismo) – constituye el trasfondo de los debates teóricos sobre el que se alza el proyecto.